BIOGRAFIA DE KANT

Resulta muy fácil para cualquier profesor de filosofía resumir la vida de Immanuel Kant en unas pocas líneas; podría simplemente decir que el buen Kant no tuvo vida. Inútil escudriñar su biografía: ninguna tan aburridamente metódica y falta de grandes episodios como la suya. Nació un 22 de abril de 1724 en Königsberg, ciudad de Prusia oriental que a comienzos del siglo XVIII experimentó cierto auge económico debido al comercio, con un mercado importante y un puerto frecuentado por mercantes ingleses y holandeses. Era el cuarto de once hermanos, de los cuales sólo cinco llegaron a una edad avanzada. Su padre, Johann Georg Kant, era guarnicionero o talabartero, un artesano que se dedicaba a hacer sillas de caballo, albardas y demás correajes propios de guarniciones. Su madre, Anna Regina Reuter, fue la primera en apostar por la educación de su hijo Immanuel (“Jamás olvidaré a mi madre, pues ella fue la primera en sembrar y alimentar en mí la semilla del bien; ella abrió mi corazón a las impresiones de la naturaleza; ella despertó y ensanchó mis ideas“) consiguiendo que F. A. Schultz (importante personaje del pietismo) se encargase de su educación, pasando de una escuela de los arrabales al Collegium Fridericianum. De los nueve años pasados en este colegio, como siempre, nada digno de ser destacado. Únicamente señalar su admiración tanto por el latín como por su profesor, lo que llevó a Kant, junto a un par de amigos, a la latinización de su nombre (Kantius) y a la posibilidad de recitar en latín, muchos años después, largos párrafos de autores clásicos. Kant se expresaba en un latín impecable y elegante (aunque sus obras importantes están escritas en alemán, Kant publicó algunos textos en latín). Muchos años después también recordaba la coacción religiosa de sus educadores: el día comenzaba con una larga oración; cada clase se iniciaba y acababa con una plegaria y se llamaba a los alumnos a conversiones, instrucciones y conferencias religiosas. Esto originó en Kant una auténtica aversión a la oración en todas sus formas; por lo mismo, tampoco frecuentaba la iglesia los domingos.

A los 16 años ingresó en la Universidad de Königsberg tras la realización de un examen de admisión del que no  se libró a pesar de sus excelentes notas de bachillerato, ya que  sólo se eximía de dicho examen a los hijos de los ricos que renunciaban a las becas universitarias. El pobre Kant no estaba en esa circunstancia; habiendo abandonado la casa familiar (su madre había muerto hace tres años) vive en un cuchitril con su amigo Wlömer, ganándose la subsistencia con clases particulares. De su paso por la Universidad, como siempre, nada que destacar. Entró en contacto con el mundo de la ciencia de la mano de Martin Knutzen que le inicia en la física de Newton y que le permite el acceso sin restricciones a su biblioteca.

En 1746 muere su padre y desaparece la escasa ayuda económica que éste le daba. Si la situación económica de Kant era ya antes mala, de tal modo que sólo tenía una chaqueta y en el caso de que sufriera algún desperfecto tenía que quedarse en casa hasta que el sastre se la remendaba, ahora no le queda más remedio que sobrevivir como preceptor. Como profesor particular trabajó desde 1746 hasta 1755 con tres familias diferentes, todas ellas en las cercanías de Königsberg. Muy crítico consigo mismo, Kant dijo que seguramente no había existido otro preceptor tan malo con mejores principios. En 1755 inicia sus oposiciones en Königsberg, con intención de obtener la cátedra de Lógica y Metafísica, que no conseguirá por avatares diversos hasta 1770, ya con 46 años. Este año es importante no sólo porque consigue su ansiada y merecida cátedra sino también porque publica la Disertatio, iniciándose el llamado periodo crítico. Durante 10 años guardará silencio y se dedicará al esfuerzo intenso y agotador que desembocará en la Crítica de la razón pura. El paciente Kant había recibido su primer sueldo oficial a los 42 años como humilde segundo bibliotecario. A pesar de todo, consiguió su independencia económica, gracias a su orden y parsimonia, lo que despertó en Kant un sentimiento de libertad e integridad base de su pausada felicidad. Parece increíble que, con tan pocos ingresos, acumulase, a lo largo de su vida, una considerable cantidad de dinero. Claro que Kant no tenía grandes gastos; su casa disponía estrictamente de lo necesario y en las paredes colgaba sólo un  retrato de Jean-Jaques Rousseau, el único filósofo que alteró su orden de vida. Para no faltar a la verdad, he de decir que también tenía un espejo.

Su vida no cambió con el nombramiento como catedrático. Un día en la vida de Kant (o lo que es lo mismo, todos los días de la vida de Kant) se desarrollaba con el mismo orden y método tiránico si no fuera porque se había sometido a él voluntariamente: se levantaba a las cinco en punto de la mañana. Inmediatamente comenzaba a preparar sus clases que daba puntualmente cuatro veces por semana de 7 a 9 y dos veces de 8 a 10, junto con una clase de repaso los sábados. Después trabajaba ininterrumpidamente hasta la una. La hora de comer era el rato de distensión en el día. Kant aprovechaba para charlar con sus invitados (siempre más de tres y menos de nueve) en una apacible y tranquila tertulia en la que se discutían las noticias y novedades de carácter político, económico o científico que llegaban a Königsberg. Durante la Revolución Francesa el interés se centró en los acontecimientos que venían de Francia. Kant, especialmente interesado, esperaba con tal ansiedad la llegada del periódico que solía enviar a su criado en su búsqueda. Simpatizó con los ideales franceses y también con los americanos frente a los ingleses. Estando defendiendo un día en plena calle a los americanos y su causa, del grupo salió un inglés que le exigió una satisfacción en duelo a sangre. Kant, con tono tranquilo, expuso sus principios políticos y el inglés, no pudiendo resistir su lógica, pidió perdón y le tendió la mano. Se inició una de las amistades más prolongadas y sinceras en la vida de Kant.. Se preocupaba vivamente por sus amigos, y le provocaba auténtico nerviosismo que éstos enfermaran, enviando a su cridado a casa del enfermo varias veces al día. Sin embargo, sólo visitó a un enfermo, su amigo Trummer, compañero del Collegium. También fue a él al único que Kant tuteó en su vida. No le gustaba el tuteo y se disculpaba por no ser capaz de cambiar esa costumbre. Conversador fascinante y atractivo, pasaba y hacía pasar un agradable rato de tertulia a sus amigos y, su carácter apacible y tranquilo, sólo se irritaba si a alguien se le ocurría introducir en la conversación temas filosóficos o escritos de Kant. Cada cosa tenía su momento, y este era el reservado a la distracción, no al trabajo. Terminada la tertulia, Kant se retiraba a leer y meditar, pero nunca por un tiempo que le obligase a retrasar, ni por unos minutos, la hora del paseo, señalada para las siete. Tal era la puntualidad del paseo que, según se cuenta, algunos ciudadanos de Königsberg aprovechaban el momento en que Kant pasaba frente a su casa para ajustar los relojes de sus casas. Sólo una vez faltó Kant al sagrado deber de ayudar a poner en hora los relojes a sus vecinos: se entusiamó tanto con la lectura del Emilio de Rousseau que no pudo interrumpirla hasta terminarla. Al regresar de su paseo solía enfrascarse en la lectura, pero nada impedía que a las diez en punto estuviese acostado, para disponer de las siete horas preceptivas de sueño que se había impuesto. Se había fijado ese tiempo de descanso y la observaba con tanta rigidez que nada quebrantaba aquella regla.  Además de éstas, fueron muchas otras las reglas higiénicas y saludables, cumplidas a rajatabla, que Kant se autoimpuso.(Por ejemplo, estando en casa ponía el pañuelo a cierta distancia para obligarse a moverse para cogerlo). La razón última de este comportamiento, aparentemente maniático y carente de significado, reside en la debilidad orgánica que Kant tenía. Medía apenas 157 centímetros y su osamenta no era precisamente fuerte ni su musculatura muy desarrollada. Tenía el pecho hundido, lo que le provocaba cierta insuficiencia respiratoria y opresión cardiaca. Consciente de los achaques vinculados a su cuerpo naturalmente enclenque, Kant supo vencerlos con su titánica fuerza de voluntad, poniendo todos los medios a su alcance para que no determinasen su vida. Puso todos los medios a su alcance para superar mediante la voluntad lo que la naturaleza le había adjudicado. Gracias a ese conjunto de reglas fielmente observadas, Kant jamás estuvo enfermo. A pesar de lo esmirriado de su cuerpo, su rostro estaba bien formado y resultaba tan agradable que podríamos decir que era guapo. Su pelo era rubio; sus ojos, azules. Igual que Nietzsche decía que la expresión de su espíritu estaba en sus manos, el de Kant residía en sus ojos: “El ojo de Kant parecía hecho de éter celeste, del que brillaba un rayo de fuego algo amortiguado por una leve nubecilla. Es imposible describir la mirada hechicera y mis sentimientos cuando Kant, sentado frente a mí y con la mirada baja, la levantaba bruscamente y la fijaba en mí. Parecíame entonces como si a través de aquel etéreo fuego azul estuviese viendo el interior del santurario de Minerva”.

Nadie piense que el conjunto de reglas al que se sometió Kant, lo convirtió en un hombre solitario y aislado, parapetado detrás de sus libros. El rasgo más característico del carácter de Kant fue el trato humano con amigos y conocidos. Su presencia social era siempre bien acogida, ya que su conversación sencilla, ingeniosa y agradable le hacía uno de los contertulios más cotizados de Königsberg. Su buen humor y sencillez lo convertían en el interlocutor competente, aunque se hablase de problemas de cocina. Aunque no se lo crean, se le invitó a que escribiera un libro de arte culinario. Por cierto, le encantaban el bacalao y el queso. Por su excelente trato con los demás, por su conversación siempre atractiva, por su hermoso rostro y a pesar de su cuerpo enclenque, tuvo cierto éxito con las damas. Aunque permaneció siempre célibe, parece que pensó en casarse en dos ocasiones, pero tardó tanto en decidirse que otros pretendientes le tomaron la delantera.

Enseñaba matemáticas, física, lógica y metafísica. Pero lo que más atraía a estudiantes y personas ilustradas eran sus conferencias sobre antropología y geografía física. La prodigiosa memoria de Kant (aunque nunca tuvo una biblioteca que merezca tal nombre, Kant leyó muchísimo y entre esas lecturas estaban libros de viajes) junto con su magnífica imaginación hacía surgir ante sus oyentes, como un cuadro, una realidad extraña de forma que nadie podía imaginar que no hubiese visitado las ciudades que describía. Un inglés que escuchó a Kant describir el puente de Westmister creyó que Kant era un arquitecto que había estado varios años viviendo en Londres. Les recuerdo que Kant no salió de las inmediaciones de Königsberg en toda su vida.

Tras el conflicto con las autoridades de la censura prusiana, en 1794, cuando ya tenía terminada la redacción de sus tres críticas, Kant fue retirándose paulatinamente de la enseñanza, hasta hacerlo definitivo en 1797. Anciano ya, jubilado el profesor e inactivo el pensador, comienza el proceso de debilitamiento generalizado que será considerablemente largo y trágico. Kant, que nunca había estado enfermo, simplemente va perdiendo sus fuerzas, se va apagando. Pierde la vista del ojo izquierdo, pierde el sentido del gusto no diferenciando lo dulce de lo salado. Pierde la memoria y no reconoce a sus amigos. Pierde la capacidad de hablar y expresarse claramente, recurriendo a palabras sueltas sólo inteligibles para los más allegados. Las últimas horas de Kant fueron las primeras del 12 de febrero de 1804. Su pulso, cada vez más débil, se agotó definitivamente a las 11 de la mañana. Desaparició como vivió: sin hacer ruido.

¿Cómo es posible que este hombrecito contrahecho de Königsberg, una ciudad provinciana de la Alemania intelectual,  haya elaborado el más impresionante sistema de pensamiento de la filosofía alemana o acaso de la filosofía en general? ¿Cómo es posible semejante contraste entre la monótona vida exterior y su pensamiento destructor? ¿Qué pensarían sus conciudadanos de Königsberg si hubieran presentido el alcance de ese pensamiento revolucionario? Aquellas gentes sólo vieron en él a un agradable y humilde profesor de filosofía al que, cuando paseaba a la hora prefijada, le saludaban amistosamente y … ponían sus relojes en hora.

3 comentarios to “BIOGRAFIA DE KANT”

  1. KANT « Probando a hacer un blog Says:

    […] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, prólogo a la segunda edición […]

  2. Mercedes Zaragoza Giménez Says:

    Mi hija está estudindo Filosofía y le encanta Kant. Tiene muchas ganas de tener una obra suya, que no encuentra en ninguna librería, ESENCIAL.
    ¿Podría indicarme si está a la venta y cómo conseguirla.
    Muchas gracias.

    • honorina Says:

      La obra que mencionas forma parte de una colección de la editorial Montesinos. Concretamente el libro sobre Kant es de Luis Andrés Bredlow. Su publicación es reciente, por lo que no creo que tengas problemas para encontrarlo. Si vas a la página de esta editorial, lo puedes adquirir creo que por 17 euros y, si no te convencen las compras por internet, encontrarás en la página de la editorial los distribuidores y las librerías donde se venden sus libros. Como no sé en que comunidad vives no puedo indicarte más. En Madrid, por ejemplo, la Casa del Libro lo vende.

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