EL MITO DE “LOS EXPERIMENTOS DE PISA”

Cuando iniciamos el temario de la Filosofía de 2º de Bachillerato les contamos a los alumnos cuál es el origen de la filosofía e intentamos explicarles la celebérrima expresión “el paso del mito al logos”. Cuesta cierto trabajo hacerles ver cómo era posible que toda una sociedad admitiese sin cuestionarse que la más mínima brisa de aire obedecía a la voluntad de un dios. Los mitos no se cuestionan porque están fundados en la autoridad de la tradición y en el asentamiento social. Algo ha sido así desde siempre y nadie se cuestiona ese “así” y ese “desde siempre”. Es tan clara la diferencia entre el mito y el logos que, ninguno de nosotros, humanos del siglo XXI, deja de sonrojarse ante los mitos que aceptaban, sin cuestionarse, los humanos del siglo VI a.C. Ese paso, hecho capital de la historia (en palabras de Borges) de dos griegos conversando que han olvidado la plegaria y la magia, en el que libres del mito y la metáfora piensan o tratan de pensar, sucedió hace tanto tiempo que tenemos la impresión de que nada tiene que ver con nosotros. No está de más que nos recuerden, de vez en cuando, que los límites no están tan claros. La actividad que proponemos a continuación tiene cabida tanto en este momento del curso como cuando vemos el nacimiento de la ciencia moderna (Galileo versus Aristóteles) o en 1º de Bachillerato cuando analizamos las relaciones entre ciencia y filosofía o cuando vemos el método hipotético-deductivo o los elementos de la ciencia, entre los que se encuentra el experimento. Tampoco estaría fuera de lugar cuando vemos las falacias y el argumento de autoridad.

Texto nº1. El origen del mito o la madre de todos los textos que vinieron después.

El texto pertenece a Vincenzo Viviani y su obra Racconto histórico Della vita di Galilei. Lo recoge Alexandre Koyré en su obra Estudios de historia del pensamiento científico, siglo veintiuno editores, p. 200.

“ En esta época (1589-1590) se convenció de que la investigación de los efectos de la naturaleza exige necesariamente un verdadero conocimiento de la naturaleza del movimiento, conforme al axioma a la vez filosófico y vulgar ignorato motu ignoratur natura; fue entonces cuando, ante la gran indignación de todos los filósofos demostró –con ayuda de experimentos, pruebas y razonamientos exactos- la falsedad de numerosas conclusiones de Aristóteles sobre la naturaleza del movimiento; conclusiones que hasta entonces eran tenidas por claras e indudables. Así, entre otras, la de que las velocidades de móviles de la misma materia, pero de pesos diferentes y que se mueven a través del mismo medio, no siguen en modo alguno la proporción de su gravedad, tal como dice Aristóteles, sino que se mueven todos con la misma velocidad. Lo que demostró por repetidos experimentos hechos desde lo alto del campanario de Pisa en presencia de todos los demás profesores y filósofos de toda la Universidad.

[Demostró también] que las velocidades de un mismo móvil que cae a través de diferentes medios no siguen tampoco la proporción inversa de la densidad de estos medios no siguen tampoco una proporción inversa de la densidad de estos medios, infiriendo esto a partir de consecuencias manifiestamente absurdas y contrarias a la experiencia sensible”

Texto nº 2. Ad maiorem gloria …

El texto pertenece a Emile Namer y a su obra Galileo, searcher of the Heavens pero también está recogido en la obra citada de A. Koyré en sus páginas 198 y 199.

“Cuando Galileo supo que todos los otros profesores expresaban dudas referentes a las conclusiones del insolente innovador, aceptó el reto. Solemnemente invitó a estos graves doctores y a todo el cuerpo de estudiantes, en otros términos, a la Universidad entera, a asistir a uno de sus experimentos. Pero no en su marco habitual. No, éste no era suficientemente grande para él. Fuera, bajo el cielo abierto, en la ancha plaza de la catedral. Y la cátedra indicada claramente para estos experimentos era el Campanile, la famosa torre inclinada.

Los profesores de Pisa, como los de otras ciudades, habían sostenido siempre, conforme a la enseñanza de Aristóteles, que la velocidad de caída de un objeto dado era proporcional a su peso.

Por ejemplo, una bola de hierro que pese cien libras y otra que sólo pese una, lanzadas en el mismo momento, desde una misma altura, deben evidentemente tocar tierra en momentos diferentes y con toda seguridad la que pesa cien libras tocará tierra la primera, puesto que justamente es más pesada que la otra.

Galileo, al contrario, pretendía que el peso no tenía nada que ver y que las dos tocarían tierra en el mismo momento.

Escuchar semejantes aserciones hechas en el corazón de una ciudad tan vieja y tan sabia era intolerable; y se pensó que era necesario y urgente afrentar públicamente a este joven profesor que tenía una opinión tan elevada de sí mismo y darle una lección de modestia de la que se acordase hasta el final de su vida.

Doctores con largos trajes de terciopelo y magistrados que parecían querer ir a una especie de feria de pueblo abandonaron sus diversas ocupaciones y se mezclaron con los representantes de la Facultad dispuestos a burlarse del espectáculo fuera cual fuera el final.

Lo más extraño quizás de toda esta historia es que no se le ocurrió a nadie hacer el experimento por sí mismo antes de llegar a la plaza. Atreverse a poner en duda algo que Aristóteles había dicho, era nada menos que una herejía a los ojos de los estudiantes de esta época. Era un insulto a sus maestros y a ellos mismos, una desgracia que podría excluirlos de las filas de la élite. Es indispensable tener presente constantemente esta actitud para apreciar claramente el genio de Galileo, su libertad de pensamiento y su valor, y estimar en su justo mérito el sueño profundo del que la conciencia humana debía despertarse. ¡Qué esfuerzo, qué luchas eran necesarias para dar nacimiento a una ciencia exacta!

Galileo subió las escaleras de la torre inclinada, con calma y tranquilidad a pesar de las risas y gritos de la multitud. Comprendía una vez más el problema en toda su exactitud. Si los cuerpos al caer llegaban a tierra al mismo tiempo, había conseguido la victoria, pero si llegaban en momentos diferentes, serían sus adversarios quienes tendrían razón.

Todo el mundo aceptó los términos del debate. Gritaban: <<Haced la prueba>>

Había llegado el momento. Galileo lanzó las dos bolas de hierro. Todos los ojos miraban arriba.

Un silencio. Y se vio salir juntas las dos bolas, caer juntas y juntas tocar tierra  junto a la torre”.

ACTIVIDAD PARA LOS ALUMNOS

  1. Busca la solución de Aristóteles y de Galileo al problema de la caída de los graves
  2. ¿Cómo demostró experimentalmente Galileo su ley de caída de los graves?
  3. ¿Qué diferencia existe entre experiencia y experimento? Aplícalo al ejemplo que nos ocupa
  4. Realmente ¿Galileo realizó este experimento? ¿Qué hubiera pasado en el caso de que lo hubiera realizado?
  5. ¿Cuáles son las razones por las que, a lo largo de la historia, se ha dado crédito a este experimento?
  6. ¿Qué señales encuentras en el segundo texto que indican que nos están relatando una leyenda o un mito?
  7. ¿Por qué razón son tan abundantes los ejemplos en los que se da credibilidad a este mito?

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